Veinte años con Miguel Ángel

Artículo de opinión de Guillermo Utrera Riol, presidente de NNGG Chiclana

Los que me conocen saben que, extrañamente, guardo con frecuencia recuerdos francamente nítidos de sucesos que tuvieron lugar hace muchísimos años siendo yo un niño, hasta el punto que, a veces, parece que estoy mintiendo o que he extraído la información de algún sitio con posterioridad. No sé por qué me sucede, pero el secuestro de Miguel Ángel Blanco es uno más de estos recuerdos fotográficos.
Miguel Ángel Blanco
Tenía seis años, cerca de cumplir siete, y ya por entonces era raro el día que no echara un vistazo al Diario de Cádiz, que mi abuelo Guillermo compraba casi todas las mañanas. Me acuerdo de un señor muy delgado con gafas de nácar y chándal, se llamaba Ortega Lara y en las fotografías salía casi en brazos de muchos polícias y de su familia. No recuerdo cuando lo secuestraron, pero sí recuerdo cuando lo liberaron.
Y, aunque reconozco que yo no sabía muy bien qué estaba pasando, sí recuerdo que me sentí feliz, porque según yo oía aquí y allá en sobremesas de barbacoas de aquel verano de 1997, “se le estaba ganando la batalla a los GRAPO y a ETA”. No tenía ni la más remota idea de qué guerra era aquella y tampoco tenía ninguna preferencia por algún bando porque desconocía el contenido, pero me imaginaba al Ejército luchando calle a calle en lo que yo creía que era “por el norte de España”, que a mí se me antojaba incluso más lejos que la Patagonia de Argentina.
En aquella época no había Facebook, ni Twitter, ni Whatsapp. Pero yo estaba muy interesado en saber “como iba esa guerra” así que para estar al tanto de los últimos sucesos, no quedaba más remedio que sentarse frente al televisor a las 3 de la tarde mientras almorzaba después de haberme tragado la enésima reposición del Grand Prix de la noche anterior en TVE o leer el periódico.
Y resulta que hubieron 3 días, el 10, 11 y 12 de julio, que la reposición del Grand Prix duró 8 horas en antena. Porque, sin saber por qué, no paraban de cortar la emisión para ofrecer “avances informativos”. Y fue entonces cuando conocí a Miguel Ángel. Resulta que era un “concejal” (?) de “Ermua” (que a saber qué era eso) había sido secuestrado por ETA (eso sí me sonaba) y amenazaban con matarlo si no se acababa con la “dispersión de presos etarras” (ahí así que ya me perdí completamente) en 48 horas.
No sabía muy bien de qué iba la historia, pero sabía que algo bueno no era. Lo primero qué pensé, juro que lo recuerdo como si fuera ayer, fue “pero bueno, este chaval qué culpa tiene de esa guerra?” y acto seguido medité “seguro que los malos se han equivocado de persona y lo dejarán en paz, él no está metido en “esa guerra”.
Pero no: ni se habían equivocado ni lo dejaron en paz. Y entonces dejé a un lado la confusión propia del desconocimiento de conceptos tales como “concejal” o “Ermua” y me centré en lo importante: los malos habían pedido algo a cambio de dejar libre a ese chico y el Gobierno debía responder.
Las horas se sucedieron con la misma rapidez que los avances informativos. Daba igual poner alguna de las únicas seis cadenas que entonces existían, en todas aparecía Miguel Ángel.
El presentador informó que el Gobierno había anunciado que no cedería y yo, que entonces medía algo así como 90 centímetros y pesaba 25 kilos, salté del sofá con rabia como loco y me puse a chillar al televisor. Pero pocas horas después, esos mismos avances informativos me daban imágenes del “norte de España” donde había una marea enorme de personas apoyando la decisión del Gobierno y exigiendo que los malos dejasen libre al chico sin condiciones. Que lo liberaran y punto.
Jamás había visto yo a tanta gente junta, ni siquiera en la última cabalgata para ver a los Reyes Magos y eso ya eran palabras mayores.
Pero llegó el día 12 de julio y ya no es que hubiese avances informativos, sino que directamente la emisión del suceso era continua. Ya nadie esperaba un cambio de opinión del Gobierno. Lo que todos esperábamos es que el presentador de traje y corbata nos dijera lo que todos queríamos oir y ver: que habían dejado en paz a ese chico inocente.
Pero me temo que no fue así. Después de comer, se nos informó de que “ETA había cumplido su amenaza” pero todavía nos quedaba a mí muy claro si Miguel Ángel estaba aún entre nosotros o Dios se lo había llevado al cielo. Comentaban que estaba “crítico”, que yo no sabía muy bien lo que era, pero no sé por qué pero se me vino a la mente una imagen de un cartel que ponía “UCI” en un pasillo del Hospital Puerta del Mar de una vez que había ido.
Así que ETA había “cumplido su amenaza” y aquel chico estaba “en la UCI”, ya tenía clara la situación. Y poca horas después, de forma definitiva, Dios se llevó a Miguel Ángel al cielo y era desde entonces la estrella que más brillaba por la noche.
Tardé muchísimo tiempo en comprender de manera madura todos los componentes políticos, sociales e ideológicos que os he contado.
Pero sí os puedo decir que lo acabo de narrar no es otra cosa que el “Espíritu de Ermua”, que de forma espontánea nos inundó el pecho a todos esas terribles 48 horas, cada uno a su manera.
Miguel Ángel Blanco llegó a mi vida a las 4 de la tarde del 10 de julio de 1997 teniendo yo 6 años. Miguel Ángel Blanco sigue en mi vida a las 14:51 del 11 de julio de 2017 teniendo yo 26 años. Y Miguel Ángel Blanco no será de mi vida ni de mi memoria hasta que, yo también, me vaya al cielo con Dios para ser una de las muchas estrellas que más brillan por la noche.