Nuevas Modas

Leo con cierto estupor… bueno no tanto, porque hoy las medidas de la perplejidad y el asombro casi todo el mundo los tiene saturados, pero hay que empezar así, con aspectos grandilocuentes para que, según los expertos lexicales atraer la atención del distraído lector. Que no es el caso. ¡Vamos, que no es usted! Pues eso, leo con cierta perplejidad la última tendencia esnobista del momento, casarse con uno mismo. No, no. No es hacer el amor en solitario, que de eso todo el mundo sabe un poco, es más, yo diría que hasta nacemos enseñados; casarte con uno mismo, en términos prosaicos es montarse una ceremonia nupcial a medias, pero a lo grande. O sea, un querer en vez de dos quereles.

Y esa modernísima moda de casarse siendo uno mismo, o una misma, el novio y la novia al mismo tiempo, se llama “sologamia”, y la sologamia, para aquel que no lo sepa todavía, como era mi caso, consiste en que usted puede montarse una ceremonia por todo lo alto sin pareja por medio. Vamos, montas un chiringuito tal que así, tipo altar, cerca de la barra de un bar o en la playa, invitas a los colegas y, con todas las de la ley, padrinos por medio y tarta de tres pisos con muñequito o muñequita hasta las trancas de merengue, y, ¡ala!, ya tenemos la boda en marcha. O sea, ya somos sologámicos, gente moderna.

Está claro que las modas mutan, y al parecer también el esnobismo y la tontería, porque el marketing de las grandes superficies comerciales y la disponibilidad económica de algunos así lo permiten. Cuando llovía, darse el “sí quiero” era tema meditado, transcendental y serio, incluso había novias y suegras que inundaban sus ojos con rocío de emoción, después, o sea, no hace tanto, dar el «sí, quiero» en un entorno que se saliese de la normalidad, (porque la normalidad aburre, según dicen) se estaba convirtiendo en una moda que excluía a las iglesias de toda la vida, y parecían ir en auge las parejas dispuestas a alejarse del clasicismo, por lo civil o por la Iglesia.

Lo cierto es que en la actualidad hay infinitos lugares donde firmar un papel que por doscientos dólares te convierta en marido o mujer, como bien puede ser en las Vegas, en un paraíso hedonista jamaicano, en Honolulú o en la Cachipamba…El muestrario es tan variado y extenso que puedes sellar tu amor para siempre y de mil maneras…Pero, ojo, que la vista engaña, lo que parece cierto, o casi cierto, es que ni de esta o aquella forma, si a las estadísticas nos atenemos, la formación familiar de una pareja es para toda la vida. Aquellas frases tan solemnes, las de antaño, ya digo, cuando llovía: “Para toda la vida” “en la riqueza y en la pobreza, en la salud o la enfermedad”, en muchos casos, demasiados, han pasado a la historia… Hoy, siete de cada diez matrimonios se separan en menos que canta un gallo… Y algunos, como el del hijo de mi amigo, poco después de venir del viaje de novios.

Vamos, que te encuentras al padre en la calle, y uno, que quiere ser cercano y coloquial, va y le pregunta como si fuese parte de tu propias preocupaciones, cómo le van el nuevo matrimonio. “¿Qué cómo les va? ⸺responde, yo diría, algo jodidillo⸺ Después de tirarse los trastos a la cabeza, cada uno por su lado tomaron las de Villadiego…Bueno mi hijo no tomó las de Villadiego, ojalá hubiera sido así, mi hijo tomó de nuevo posesión de su habitación de soltero…y no es sólo eso, el muy…(El adjetivo endosado del padre al hijo, por respeto a ustedes, lo vamos a omitir), ya nos ha presentado a su nueva pareja, diciendo que esta vez sí es el amor de su vida. – Continuó mi amigo con su dilema – Después del pastón que me costó la boda, prestamos incluido para afrontar los gastos…después de haberse hecho la madrina, o sea, mi mujer, un vestido de pasarela Adrianna Papell, con complemento de Ághata Ruíz de la Prada, y yo un Armani de alta temporada, nada de Black Friday… Después de la confraternización que habíamos hecho con mis consuegros, cuchillo entre dientes incluida, y cenas por medio…por aquello de, “quítame de ahí ese pelo“, ahí te quedas. Ah, y el crío que ya llevaba mi hijo, el nacido con su anterior pareja, ⸺sigue puntualizando mi amigo, cada vez más acentuada la mala uva⸺, por aquello de la custodia compartida, mes sí, y mes no, también en casa…y el que nazca para septiembre, fruto de su relación con esta última, ya estamos advertidos.”

Parece un vodevil familiar, pero es tan real como los impuestos, una realidad hiriente que muerde al más flemático, y no sólo en casa de mi amigo, es una realidad que se repite cada día más en el seno de nuestra sociedad. No sé si será fruto de la progresiva pérdida de los valores tradicionales o un acercamiento a la realidad cotidiana, pero lo cierto es que lo que hasta no hace mucho veíamos en las pelis como algo lejano a nosotros, “ella es la pareja de mi padre, y sus hijos son mis hermanos”, hoy lo tenemos ahí mismo.

Obviamente, como antes se apuntaba, si hoy día hay un alto porcentaje de separaciones, también las hay de familias reconstruidas por personas que quieren darse una segunda oportunidad, una tercera oportunidad o vete a saber las oportunidades con tal de seguir buscando la media naranja de marras. Como es lógico, muchas de estas familias reconstruidas quedan formadas con perfiles muy heterogéneos: blancos con negros y azules con violetas, siendo un 7,4% de las parejas en España las que aportan hijos a la nuevas uniones, de ellas, un 71% es la mujer la que aporta hijos, el 25,6% es el hombre y un 13% los que aportan ambos a la vez.

Pascual Fernández Espín, escritor murciano nacido en Bullas en 1948, es autor de “Bulerías tal como lo escuché”, “Salto lucero”, “El pastel ajeno”, “Con el Otoño a cuestas” y de “Testimonio de una tragedia”.

Conclusión, analizada la situación desde su forma más, digamos, medianamente razonada, no sería de extraña que la sologamia comenzara a alcanzar cotas de escándalo…Porque…oye, visto lo visto, para empezar a querer al del enfrente siempre se ha dicho que hay que empezar por quererse uno, o una misma…Y a lo mejor resulta que la sologamia no es una acción tan excéntrica…En fin, ya veremos.